© Lilián Azañón FernándezLa maceta
Era nuestro primer San Valentín. Él picó a mi timbre y yo abrí la puerta. Permanecía frente a mí con sus brillantes ojos de enamorado, aseado, bien perfumado, como un perfecto pincel. Hombre de tradiciones, en su mano derecha llevaba una rosa envuelta para regalo y en la otra un sobre. Se quedó parado unos instantes esperando una reacción, pero yo permanecía inmóvil. Sonrió, extendió el brazo que portaba aquella púrpura flor y dijo: “Toma, es para ti, ¿te gusta?”. Yo, rebelde, revolucionaria y antitradicionalista, me quedé petrificada. Mis labios se tensaron sin saber qué responder, hasta que mi subconsciente lo hizo por mí y mi boca explicaba sin mi aprobación lo que me negaba a expresar. “¿¡Cómo me regalas esto!? ¡Prefería una planta!”. Fueron las palabras que, como puntas ardiendo, escapaban de mi fuero más interno y se clavaban en sus oídos. Un tanto desconcertado, desilusionado y probablemente herido, aunque medio convencido, titubeaba: «¿¡Cómo me voy a presentar el día de San Valentin en tu casa con una maceta!? ¡Lo bonito son las flores!”. Ante tal afirmación, mi descontrolada inconsciencia, aseveraba con rudeza: “Sí. Las flores vivas, sí. Pero no la naturaleza muerta”.

© Lilián Azañón Fernández
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