Imagen que muestra el título escrito del Microlocko: "Empatía".© Lilián Azañón Fernández

Empatía

Los hay que hacen el pino; otros saltan; quienes realizan espectaculares piruetas y luego están las hormigoneras, que, como yo, le damos vueltas a todo. Y es que llevo toda la vida observando el comportamiento de la gente que me rodea e intentando comprender ciertas actitudes. ¡No veáis qué dilemas!

Pues bien, nunca he entendido el daño que conscientemente hacen algunos a otros. La causa es que siempre me he regido por la norma: lo que siento es como deben sentir los demás. Pensaba que en todo ser humano este era un principio universal, pero no, y ahí estaba el problema.

Mi cerebro tiene como tradición llenarse de preguntas tales como: “¿¡Cómo puede uno burlarse o abusar de otro!?» Es más, «¿¡Cómo hay adultos que vejan a un compañero dejando su moral por los suelos!?”. “¿¡Cómo hay quienes pueden matar o violar!?”, “¿¡Cómo es posible maltratar a quien se supone que quieres!?”. Incluso, “¿¡Cómo se puede criticar o mentir sobre la vida de un vecino!? Acaso, ¿¡no ven el daño que hacen!?”. Estas eran algunas de las cuestiones, que me provocaban una enorme desazón, al no comprender el mundo en que vivía.

Han tenido que pasar varias décadas para que otra persona clarifique mis incógnitas, llenando mi vacío existencial, resolviendo mis dilemas con tan solo cinco palabras: “Hay quienes no tienen conciencia”, dijo. No veáis cuando me di cuenta, la cara de tonta que se me quedó.