© Lilián Azañón FernándezLa muerte
Hoy el cartero ha traído una carta certificada cuyo remitente era mi difunto esposo. Como remite: A mi amada y como dirección en caso de devolución, un extraño remitente: Todo. Decía así:
“Amor mío, como sabes, la semana pasada morí. Pero tranquila, no es para tanto, simplemente he perdido mi cuerpo físico y ahora tengo uno etéreo. Aunque no tengo muy claro qué significa eso. Lo que sí sé es que soy arrastrado por el viento, como el otro día...
Se había desatado un fuerte vendaval y avancé ensortijado en el aire durante kilómetros hasta llegar a un hermoso campo lleno de mullidos y blancos dientes de león. La corriente cesó de golpe, dejándome frente a una dulce niña que jugaba entre las flores. En su mano derecha portaba una y de un soplido hizo que sus semillas y yo nos dispersáramos acompasados en una delicada danza. Parte de mí se posó suavemente sobre algunas de las simientes y comenzó a llover. Me aferré a varias tan fuerte que, empujadas por la lluvia hacia la tierra, me fundí en ellas. Enterradas por el agua en el fértil terreno, arraigaba mis raíces y volvía a renacer como un tierno tallo.
Otras partes de mí seguían su camino. Mis átomos se diluían en el aire y se fusionaban con las plantas, las piedras, el agua… Incluso con los pensamientos, expresiones o palabras de todo ser viviente. Me convertí en ave, sobrevolando el cielo, también en cazador y presa. Me transformé en madre que pare y niño que nace…
Y me hice grande, grande, grande… Y llegue a tal magnitud, que, cuando me di cuenta, todo formaba parte de mí y yo parte de todo.
Recibirás más noticias pronto.
Fdo: Tu amado”.

© Lilián Azañón Fernández
© Lilián Azañón Fernández