© Lilián Azañón FernándezLa desaparición
Ayer se fueron mis musas. Y sin ellas, también la inspiración me abandonó. Dudé del porqué de su marcha, de su silencio por irse sin avisarme, sin mostrarme una señal. “¿Por qué me abandonasteis? Os necesito”, pensé. “¿Acaso no os he cuidado lo suficiente? ¿No os he tratado bien?”. Un gran error debí haber cometido para que huyeran. Probablemente fuera cuestión de desgaste, pues sin mesura en ocasiones abuso y mis dedos sobrevuelan el teclado sin descanso. Preocupada, a las pocas horas, denuncié su desaparición en la comisaría por si alguien pudiera encontrarlas. “No se preocupe, señora, a veces se van de juerga”, dijo uno de los agentes. Yo negué repetidamente con la cabeza ante tal afirmación. “No. Las mías no. Ellas siempre me acompañan. Son fieles y formales, unas verdaderas santas”, dije convencida, cual madre protectora. Pero mi argumento quedó por los suelos, cuando a la mañana siguiente volvieron apestando a alcohol, a tabaco y llenas de chupetones.

© Lilián Azañón Fernández