LA AYUDA
Como todos los días, Ana acababa de llegar con su hija tras recogerla del colegio. Daniel estaba calentando la comida y poco después se dispondrían a comer.
–Oye, ¿has podido hablar hoy con tu hermana? –preguntó él.
–No. Otra vez los niños han ido solos al colegio y nadie vino a recogerlos –respondió Ana. Con gesto de impotencia, trabajosamente, tragaba saliva–. Como ninguno de los dos fue a por ellos, los he acercado yo. Cuando me vieron, me dieron un beso, saludaron a su prima y se sentaron tranquilos y en silencio. Tenías que verlos, ¡qué niños más buenos y obedientes! Nada que ver nuestra pequeñaja rebelde. Si vieras lo que han crecido…
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© Lilián Azañón Fernández
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