EL CIEGO 

Una gélida gota de agua cayó en mi mejilla que, acompañada de un estruendoso forcejeo al doblar la esquina, me despertó.

–Creías que te ibas a salir con la tuya, ¿eh? –decía su femenina, pero autoritaria, voz.

–Juro que ¡Ough! –Sonó un amortiguado puñetazo sobre carne–. Yo no…

Lo que parecía un denso esputo con sangre golpeaba el suelo.

–A estas alturas, ¿piensas –Hizo una breve pausa– que te voy a creer?

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