© Lilián Azañón FernándezFlechazo en San Valentín
Habíamos quedado un pequeño grupo de solteros para divertirnos un poco y nos fuimos a comer. Sentado a mi derecha estaba mi amigo Juan y justo a su lado una joven desconocida para mí. “Es guapa, ¿eh?. Le voy a tirar el picao y este San Valentín se acabó lo de estar solo”, dijo él a mi oído mientras chocaba repetidamente su codo contra mi brazo.
Cuando empezábamos a comer, ella me pasó el pan. Al coger la cesta, nuestros dedos se tocaron y, como si se detuviera el tiempo, sentí el cálido roce de sus yemas por décadas. “Gra…cias”, decía al viento a la par que cada letra se dispersaba por el aire, pausadamente, hasta penetrar en sus oídos. Sus nacarados dientes me sonreían y las comisuras de sus rosados y carnosos labios los acompañaban, deslizándose hacia arriba. Mientras, sus largas y frondosas pestañas acariciaban el aire y sus majestuosos ojos verdes se clavaban en mi rostro. Y así, a cámara lenta, aquella imagen se grababa en mi cerebro para siempre. Ella respondía a mi agradecimiento completando mi frase y así se presentaba: “Gracias…, Ana ”. Dos sencillas palabras alargándose en el tiempo eternamente. “Gracías, Ana”, asentí con la promesa de que mi amor perpetuo sería suyo. Poco después ella dijo que sí y nuestros lazos se hicieron tan fuertes que te tuvimos a tu padre, querido nieto.

© Lilián Azañón Fernández
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