La Navidad de Fausto
Su afilada nariz asomaba al ras de la rudimentaria meseta de piedra de la cocina, mientras los diminutos dedos de sus pequeñas y arrugadas manos se agarraban al borde. A esa altura, observaba el reluciente brillo metálico del filo humedecido por el fluido color carmín. El constante ruido, generado con cada golpe, creaba una melodía repetitiva marcada a ritmo ligero. En ocasiones el cuchillo se detenía, marcando los silencios, a consecuencia del cansancio. Trocear tal ingente cantidad de carne resultaba extenuante. En otras, las pausas eran producidas por la necesidad de pasar los sangrantes trozos a otro recipiente, pues la tosca encimera quedaba invadida de montañas de magro y grasa. Aquel cuerpo inerte había sido vaciado. Corazón, hígado y otros órganos internos yacían desparramados en diversas fuentes, y el resto era deshuesado y fragmentado. El olor a crudo resultaba repugnante…
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© Lilián Azañón Fernández
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