© Lilián Azañón FernándezEternidad
Aquel día, entrada la noche, estaba sola en la calle. Creo que estaba frío, pues pude contemplar los brillos que produce la fina capa de escarcha, que se genera sobre la superficie de los contenedores de plástico. El silencio de la avenida solamente era interrumpido por el sonido de la alarma de aquel sedán cuyas luces intermitentes no cesaban de reflejarse en el suelo con cadencia acelerada. Yo lo contemplaba con desconcierto con mis pies descalzos sobre el asfalto, a escasos metros por la parte de atrás. Multitud de diminutos cristales destelleaban en el suelo mientras mis dedos se fundían en ellos, cuando me aproximaba. A la altura de los asientos delanteros, observé el destrozado capó, que arrugado como un acordeón, se había golpeado contra un árbol.
A un solo un paso de mí, en la parte delantera, sentada en el asiento del conductor con la cabeza sangrando sobre el volante, estaba yo. Desesperada, grité con todas mis fuerzas en busca de ayuda, pero nadie me oía.
Aquel día, entrada la noche, estaba sola en la calle. Creo que estaba frío, pues pude contemplar los brillos…

© Lilián Azañón Fernández
© Lilián Azañón Fernández