© Lilián Azañón FernándezLa última broma
Ella era un ser excepcional, de esos que quedan pocos. De naturaleza altruista, atenta, honesta, bondadosa y tolerante, lo daba todo por todos sin esperar nada a cambio. Era un ser puro sin llegar a ser un ángel, pero estaba cerca de serlo. Un sinfín de calificativos positivos la definían y por encima de todos estaba su extraordinario sentido del humor. La conocí en los últimos años de su vida, que me supieron a poco, y uno de mis más preciados recuerdos es verla alegre, corriendo por un callejón. “¿A que no me pillas?”, había dicho, y salió corriendo. En aquel momento me dejó descolocada, a la par que sacó de mí una enorme risotada. Así era ella, mi querida suegra, la madre de lo mejor que me ha pasado hasta hoy. Sus ojos brillaban sonrientes cuando comprobaba si la seguía y yo corría tras ella mientras reía. Ambas lo hacíamos. Me sentí como si volviera a la niñez y fuéramos amigas que inocentemente juegan.
Mas no mucho tiempo después, el destino nos sacudió con su partida y, como si quisiera gastar una última irónica broma, se fue un veintiocho de diciembre.

© Lilián Azañón Fernández
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