© Lilián Azañón FernándezEl crédulo
Hace meses me encontré con Dios en la cola del paro. De verdad que es un tipo muy normal. ¡No me lo esperaba! Salvo por sus ruinosas sandalias de cuero y su desarrapada vestimenta, más o menos es lo que pensaba. Me dijo que estaba buscando empleo, pues en los tiempo que corren, la falta de parroquianos le había dejado sin él.
Tras apuntarse en el INEM, lo invité a un café. Estaba ensimismado. ¡Había conocido a Dios! Yo pedí un cortado y él un tazón de chocolate con leche, un croasán, un par de dónuts, una palmera, un pepito y dos pares de madalenas. Y es que, claro, los estómagos de las deidades son insaciables. A cambio le pedí que me hiciera un milagro. Me miró molesto. Se quedó pensativo por un momento y añadió:
–Eso son trucos deificados. ¡Meros adornos divinos! –dijo con la boca llena–. Además, ¿¡no te he dicho que he quedado sin trabajo!? Si nadie cree realmente en mí, ¡no soy nada! y no puedo llevarlos a cabo.
–Pero, ¡yo creo en ti! –afirmé entusiasmado.
–Ya, pero tú me has visto, sabes quién soy y eso no vale. La creencia… ¡se basa en la fe! Ciega, por supuesto –afirmó con perspicacia.
Le pregunté por inmensidad de cosas. ¡Qué interesante es Dios! No entiendo por qué ha perdido a sus feligreses. Tengo que contaros que todo lo que os hayan dicho, mentira. La mayoría de las cosas de La Biblia, todas tergiversadas.
Desde ese día nos hemos hecho muy amigos, ¡incluso compartimos piso! Aunque, claro, es muy difícil encontrar un oficio para alguien que siempre ha sido una divinidad. Lo siento, pero no puedo entretenerme más. He de dejaros. ¡Tengo demasiada prisa! Aún debo fregar los platos, pasar la aspiradora, preparar la comida y llevar la ropa a la tintorería para que laven la camiseta de mi compañero Dios, mientras su celestial culo descansa sobre mi sofá.

© Lilián Azañón Fernández
© Lilián Azañón Fernández