LOS STILETTOS ROJOS

Las pisadas de sus rimbombantes zapatillas rosas con pompón se escuchaban correteando por toda la casa. Algunas veces más lejos, más cerca, más lejos… En otras sus pasos se ralentizaban o aceleraban y se hacían más cortos como si anduviera dando diminutos saltos. Se detenía un momento y, a lo lejos, se le oía decir alzando su sensual voz con antinatural elegancia.
–Querido, no te preocupes por nada. Los niños ya están dormidos.
Ágatha les ha dado la cena y los ha acostado hace un buen rato. Hoy, como todos los viernes, las chicas y yo pasaremos la noche por ahí. Así que no sé a qué hora voy a llegar…
Sus palabras se escuchaban más altas y nítidas según se aproximaba al cuarto.

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