© Lilián Azañón FernándezAtrapado en la línea 1
Era invierno y esperada el autobús en la parada de Cristo Rey. De súbito, me sentí observado y giré bruscamente. La figura de un desarrapado viejo que extendía su lánguida mano hacia quienes pasaban frente a él, fue lo que vi.
Un frenazo y el abrir de la puerta enfrente mío, interrumpió aquella escena. Subí veloz, tomando asiento delante, y volví a vigilar a aquel enigmático personaje. Mas ya no estaba allí. Desconcertado, escruté lo que se podía ver a través de los cristales. Nada. Me encogí de hombros, inclinando mi cabeza hasta apoyarla sobre la ventana. De nuevo, percibí aquella sensación. Oteé a mi espalda. El desastrado anciano estaba sentado al fondo, acercando su mano a cada uno de los viajeros que por atrás entraban. Sus labios insinuaban decir algo.
–Su billete, señor. –Escuché.
–¿Asombrado? –me dijo una singular abuela, sentada junto a mí–. Es el antiguo cobrador. Hoy, hace 75 años, inauguró este trayecto.
Los viajeros que atendía pasaban a través de quienes subían por el otro lado. Sus siluetas ascendían por las invisibles escaleras de antaño. La puerta trasera se cerraba, la delantera desaparecía y los peldaños hacia la planta superior se materializaban ante mí.

© Lilián Azañón Fernández
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