Imagen que muestra el título escrito del Microlocko: "El Guisante abollado".© Lilián Azañón Fernández

El guisante abollado

Habíase una vez un pequeño guisante achatado por tres lados. Era por tanto distinto al resto, quienes en su mayoría tenían un aspecto quasi perfecto, excepto por el germen. Existía una escasa minoría con algún que otro defecto, pero en menor grado que él. Algunos adoptaban forma, dependiendo del lugar donde estuviesen. Es decir, rozando el fondo, la tapa, los bordes o las paredes. Todos juntos allí dentro, perfectamente encajados, salvo nuestro diferente amigo, que, debido a algo que no podía cambiar, no se lograba adaptar. Intentó situarse entre aquellos de redondez impoluta, pero por ser como era, su sola presencia importunaba.

-¡Aay! No estoy cómodo, ¡me haces daño! -decía uno molesto por lo puntiagudo de uno de sus lados.

Entonces se movía un poco y otro chillaba lo mismo detrás. Unos cuantos comenzaron a vibrar para desplazarlo hacia afuera y que su irregular aspecto no los pudiera incordiar. De este modo, lo empujaban hacia la parte exterior del frasco y él mismo, convencido por la actitud de los demás, se replegaba hacia atrás para dejar que solamente su zona más redondeada entrara en contacto con ellos. Sin embargo, mantener solo visible la porción de sí mismo que parecía perfecta, lo hacía estar siempre alerta y se sentía fatal.

En consecuencia, decidió salir de aquel tarro y visitar otros muchos. Resoluto, dispuso que únicamente se quedaría en aquel en que pudiese ser el mismo y mostrarse por completo, con sus virtudes y defectos, como se requiere en la verdadera amistad.