LOS IGNORADOS

No te extrañas cuando los ves en medio de la calle más transitada de la gran ciudad. Cuando extienden su mano para que les des algo o simplemente te observan con triste mirada y tú observas de reojo ese cartel que pone “Estoy sin trabajo…”. Aumentas el ritmo, no vaya a ser que te dirijan la palabra y directamente te pidan algo o te saluden. Te muestras esquivo escudándote en que la mayoría no necesita ayuda o que usan el dinero para vicios: tabaco, alcóhol, drogas… Y como tú, así se sentía Ruth cada vez que iba o volvía del trabajo. Muchas eran las veces que recordaba el momento en que había perdido su inocente solidaridad. Por entonces tenía 15 años, casi 20 menos que ahora, sus padres no estaban en casa y alguien había picado al timbre. El interfono no funcionaba y se asomó a la ventana para ver quién había sido.

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